Cuando volvía a casa conduciendo su
ruinoso todoterreno. Un Jeep Cherokee oscuro del noventa y nueve que
conoció mejores tiempos, ahora perdía un tornillo con cada bache
pero tenía personalidad, curiosamente asociada al dueño; sin estilo
aparente con ese apático aire de dejadez y despreocupación, sin
embargo, era todo un símbolo fálico sobre ruedas. Decidió desviar
su camino y salir de la Ronda de Dalt. Luego giró dirección Avenida
Tibidabo hasta llegar al Mirablau, un bar de
copeo incrustado en la
montaña del Tibidabo, famoso por tener unas magníficas vistas del
skyline barcelonés y
por tener unos precios de vértigo cuan alto estaba el local situado
en la ciudad.
Era
poco menos de mediodía, el sol empezaba a caer con más intensidad y
los vómitos de la noche anterior a unos pasos del club aún no
habían tenido tiempo a secarse cuando algunas palomas con buen
estómago rebañaban tropezones en su jugo y se los tragaban con
fruición. Bastian, que ya era habitué
en el Mirablau. Entró por la puerta y saludó a los camareros
Santos y Jefrey, dos greñudos centroamericanos. Enfundados con el
uniforme negro requerido y con ademán de rudos matones, se reían de
la 'nueva' mientras los clientes esperaban malhumorados sus pedidos.

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